miércoles, 3 de marzo de 2010

flores secas

Las flores secas afirmaban aquello que ella detestaba que afirmaran: lo siento. Él no solía pedir perdón, era unas de esas cosas que no había aprendido a hacer a lo largo de los años. Cuando realmente lamentaba algo llegaba con una rosa robada de algún jardín, la dejaba sobre la mesa esperando que hablara por él y dijera todo lo que él no lograba pronunciar, palabras dulces y hasta románticas que él nunca diría.
Ella había ido acumulando esas disculpas hechas pétalos a lo largo de los años. Las secaba en algún rincón oscuro de la casa perdonándolo a medida que las flores morían y perdían el color. Mientras miraba la última flor que adornaba la mesa recordaba tristemente la discusión que habían tenido y sabía que esa sería la última rosa que recibiría. No quería más lamentos de jardín, no quería más flores para secar.
La última rosa moriría en algún rincón de la casa, calladamente.
Ella guardaría los pétalos en algún libro, que nunca leería.
Él no volvería con flores a adornar su mesa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario