jueves, 10 de diciembre de 2009

pagina en blanco


Escribir, escribir, escribir palabra tras palabra, líneas, a veces tierna, a veces cruelmente dibujadas en el papel, arrancando con lágrimas la ira del puño que aferra la tinta. Volver a las notas con la debilidad del vicio, caer en el lenguaje único e irremediablemente adictivo, vía para (evitar) explotar.
Escribir en colores, lápices fugaces que desaparecen bajo la mesa de luz y reaparecen ebrios en madrugadas eternas, en lluvias grises.
Escribir y perder el hilo, perder personajes, perderse para encontrarse llorando en la puerta de una batalla, frustrada de ante mano. Escribir hasta perder el aliento…el único aliento.
Y romper todo lo escrito, asesinarlo en el fuego o en algún hueco del olvido… alejarse, corriendo, negar el pasado, enemistarse con las letras, con una oración tan dolorosamente sincera que ha valido la página ardiente. Y resucitar mientras buscamos un poema que nadie ha creado. Luchamos, por hallar las palabras correctas, la rima, el ritmo, la cadencia, el mensaje…extrañando personas que jamás existieron, quizás aparecieron un instante en una página amarilla, en un párrafo, un diálogo mal escrito, que no decía nada.
Enfrentarse a un papel liso, y su enigmática pregunta y su amenazadora infinidad. Tímidamente o víctima de arrebatos febriles, garabatear y desencantarse, estrellarse contra sí mismo y su palabra, y los límites del escritor agotado.
Y volver…arrepentido, desesperado, volver a la búsqueda, incapaz e insospechadamente predecible.
Volver a escribir escribir escribir sin siquiera poder evitarlo, en una servilleta, un papel arrebatado del cesto, o en un cuaderno disfrazado de importante. Escribir porque sangran los sentidos, porque nada más queda, porque solo esto nos queda

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